Si alguna vez pensaste que volver a pisar la Luna sería tan sencillo como repetir lo que hizo la misión Apolo hace más de cincuenta años, la última estimación sobre el programa Artemis te hará reconsiderar esa idea. Según un nuevo análisis publicado por Ars Technica, se necesitarían aproximadamente 22 lanzamientos de la nave Starship de SpaceX para poder sostener un único alunizaje tripulado dentro del esquema actual de la misión Artemis III, la que debería devolver astronautas a la superficie lunar.
La razón detrás de esta cifra tan elevada tiene que ver con la arquitectura de reabastecimiento orbital que requiere el Human Landing System (HLS), la versión lunar de Starship elegida por la NASA para transportar a los astronautas desde la órbita lunar hasta la superficie y de vuelta. A diferencia del módulo lunar Apolo, que se lanzaba ya cargado de combustible directamente desde la Tierra, el Starship HLS necesita ser reabastecido en el espacio mediante múltiples vuelos de naves cisterna, cada una de las cuales transporta propelente criogénico que debe transferirse de una nave a otra en órbita, una tecnología que todavía no ha sido demostrada a gran escala de forma operativa.
Esta necesidad de múltiples reabastecimientos orbitales, conocidos en la jerga aeroespacial como ‘propellant transfer’, es uno de los mayores cuellos de botella técnicos del programa Artemis. Cada lanzamiento de una nave cisterna conlleva sus propios riesgos de fallo, retrasos por condiciones meteorológicas, certificaciones de seguridad y ventanas de lanzamiento ajustadas, por lo que encadenar más de veinte misiones exitosas en un periodo relativamente corto se convierte en un desafío logístico sin precedentes en la historia de la exploración espacial tripulada.
Para la comunidad friky y amante del espacio, este tipo de cifras son both fascinantes y alarmantes. Fascinantes porque hablan de una escala de operación que convierte a Starship en, posiblemente, el sistema de lanzamiento más ambicioso jamás concebido, capaz de sostener una verdadera presencia humana sostenida más allá de la órbita terrestre. Alarmantes porque cada incremento en la complejidad logística se traduce en más retrasos para una misión que ya ha sufrido numerosos aplazamientos desde que fue anunciada originalmente para mediados de la década pasada. Para quienes crecieron soñando con ver una nueva huella humana en el regolito lunar, cada nueva estimación técnica se siente como otro paso que se aleja en el horizonte.
De cara al futuro, la NASA y SpaceX deberán demostrar en vuelos de prueba no tripulados que la transferencia de propelente en órbita funciona de manera fiable antes de comprometerse con una fecha definitiva para Artemis III. Mientras tanto, la competencia internacional no se detiene: China continúa avanzando con su propio programa lunar tripulado, apuntando a una fecha similar, lo que añade una capa adicional de presión geopolítica a una carrera que, nuevamente, recuerda en varios aspectos a la del siglo pasado, aunque esta vez con una logística infinitamente más compleja y costosa.

