La guerra tecnológica entre Estados Unidos y China tiene un nuevo frente, y esta vez se libra en el terreno de las arquitecturas de procesadores. China ha puesto sus fichas en RISC-V, una arquitectura de conjunto de instrucciones abierta y libre de licencias que se perfila como alternativa tanto al x86-64 de Intel y AMD como al Arm que domina el mercado móvil y, cada vez más, también servidores y portátiles. Para el gigante asiático, apostar por RISC-V no es solo una decisión técnica, sino una estrategia de supervivencia tecnológica frente a las sanciones impuestas por la alianza liderada por Washington.
El Gobierno chino ha impulsado un consorcio de empresas e institutos de investigación dedicado específicamente a desarrollar chips bajo esta arquitectura, y en él participan nombres de peso como Tencent, Alibaba y la Academia de Ciencias de China. Lo llamativo del caso, y lo que convierte esta noticia en un giro geopolítico curioso, es que una de las empresas que colabora estrechamente con estas organizaciones chinas es estadounidense: MIPS, propiedad de GlobalFoundries y dedicada al diseño de procesadores RISC-V, cuyo director de tecnología, Yankin Tanurhan, ha confirmado oficialmente esta colaboración en el desarrollo y estandarización de la arquitectura.
Para quienes sigan de cerca el mundo del hardware, RISC-V no es un desconocido: se trata de una arquitectura nacida en la Universidad de Berkeley que, a diferencia de Arm, no requiere pagar licencias para su uso, lo que la ha convertido en la opción predilecta de países y compañías que buscan independencia tecnológica. Europa, por ejemplo, ya tiene listo su propio chip RISC-V llamado EPAC (European Processor ACcelerator), diseñado para integrarse en los próximos superordenadores del continente, una muestra de que esta arquitectura ya no se limita a microcontroladores de bajo coste, sino que aspira a competir en la gama alta de la computación.
En el caso chino, el avance es ya tangible: Alibaba cuenta con procesadores RISC-V propios para servidores, con su filial de semiconductores T-Head desarrollando chips como el TH1520, equipado con núcleos XuanTie C910 de 64 bits. Por su parte, StarFive anunció en marzo su procesador Lion Rock, fabricado en 12 nanómetros y pensado también para centros de datos, cuya producción a gran escala está prevista entre finales de 2026 y comienzos de 2027. Estos movimientos preocupan especialmente a Washington porque RISC-V puede emplearse para construir superordenadores con capacidades muy avanzadas, incluyendo entrenamiento de modelos de inteligencia artificial, precisamente el terreno donde EEUU ha intentado frenar el avance chino mediante restricciones a la exportación de chips y equipos de litografía.
Más allá de la carrera por fabricar los circuitos, hay una batalla igual de importante librándose dentro de RISC-V International, la organización sin ánimo de lucro que decide qué extensiones y funcionalidades terminan incorporándose al estándar oficial que usará toda la industria. Controlar esas decisiones equivale a influir en el futuro de la arquitectura a nivel mundial, algo que tanto Pekín como Washington han entendido perfectamente. Para la comunidad tech y geek, este pulso es fascinante porque recuerda a las viejas guerras de estándares de la informática, solo que ahora con implicaciones geopolíticas de primer nivel y con el futuro de la IA y la supercomputación como telón de fondo.

