Tras la detonación de las primeras bombas nucleares en 1945, el mundo entró en una especie de fiebre atómica. Durante los años cincuenta y sesenta, ingenieros, físicos y soñadores de todo tipo creyeron que la energía liberada al dividir el núcleo de átomos pesados como el uranio o el plutonio podría sustituir al petróleo y al carbón en absolutamente todo, desde automóviles hasta naves interestelares. La inocencia de la época, sumada al desconocimiento real sobre los peligros de la radiación, dio pie a algunos de los proyectos más ambiciosos y disparatados de la historia de la tecnología. Ninguno pasó de prototipo, pero su legado sigue siendo fascinante.
El primer caso es el Ford Nucleon, un coche concepto presentado en 1958 que llevaría un pequeño reactor nuclear entre las ruedas traseras, generando vapor para mover turbinas. Ford incluso imaginó estaciones de servicio donde se cambiaría el núcleo del reactor cada 8.000 kilómetros, como quien cambia un filtro de aceite. El Nucleon nunca salió de una maqueta a escala 3/8, hoy conservada en el Museo Henry Ford de Dearborn, porque nadie sabía cómo blindar un reactor de ese tamaño sin añadir toneladas de plomo al vehículo.
Más lejos llegó el programa de propulsión nuclear para aviones de la Fuerza Aérea estadounidense, que buscaba crear bombarderos capaces de permanecer en el aire durante días. Las pruebas se realizaron con el NB-36H, un B-36 Peacemaker modificado con una cápsula blindada de plomo y caucho de 12 toneladas en el morro. Entre 1955 y 1957 completó 47 vuelos, 89 de ellos con el reactor encendido, aunque este nunca llegó a propulsar la aeronave: solo se probaba el blindaje. El programa se canceló en 1961 al volverse innecesario frente a los misiles balísticos intercontinentales. Curiosamente, la idea resucitó en 2025 con el misil ruso Burevestnik, un misil de crucero con reactor nuclear integrado que, según Moscú, recorrió 14.000 kilómetros en 15 horas, aunque ya se había cobrado cinco vidas en un accidente de 2019.
Pero el proyecto más extraordinario de todos fue el Proyecto Orión, que pretendía enviar una nave tripulada a Marte propulsada por una sucesión de explosiones nucleares controladas. Ideado a partir de los cálculos del matemático Stanislaw Ulam en Los Álamos y desarrollado desde 1958 por Ted Taylor y el físico Freeman Dyson, el diseño expulsaba bombas por un orificio bajo una gran placa de empuje, cuyas explosiones impulsaban la nave hacia adelante mediante amortiguadores. En 1959, un modelo de un metro llamado ‘Hot Rod’ voló con explosivos convencionales demostrando la viabilidad del concepto, y los cálculos más ambiciosos de Dyson alcanzaban hasta el 3% de la velocidad de la luz para viajes interestelares. El Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963, que vetó las detonaciones atmosféricas y espaciales, acabó con el proyecto en 1965.
Para la audiencia friky, estas historias son un recordatorio de lo cerca que estuvimos de un futuro radicalmente distinto, y de por qué finalmente la carrera espacial la ganaron los cohetes químicos de Wernher von Braun. La propulsión nuclear espacial, sin embargo, no ha muerto del todo: la NASA planea instalar un reactor de fisión de 100 kilovatios en la Luna hacia 2030 para generar electricidad durante la larga noche lunar, aunque esta vez sin ninguna intención de propulsar nada. El sueño del átomo todopoderoso quedó finalmente reducido a su función más pragmática: generar energía, no velocidad cósmica.

