El pasado 13 de septiembre, hacia las 21:13 UTC, un veterano satélite de inteligencia estadounidense se fragmentó silenciosamente a 775 kilómetros de altura, sumando un nuevo capítulo a la ya saturada chatarra espacial que orbita nuestro planeta. Se trata del USA 32, catalogado como objeto 19460 por el NORAD y conocido en clave como ‘Farrah III’, un apodo curioso inspirado en la actriz Farrah Fawcett. Lanzado en plena Guerra Fría como parte del programa de inteligencia electrónica de la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) de Estados Unidos, este coloso con forma de ‘lata de atún’ giraba sobre sí mismo a 50 rpm y portaba tres antenas parabólicas junto a un procesador táctico capaz de enviar datos directamente a unidades sobre el terreno, incluidos buques de la Armada.
Lo más llamativo del caso es que, a día de hoy, nadie sabe con certeza qué provocó la ruptura ni en cuántos pedazos quedó convertido el satélite. La Space Force estadounidense confirmó el suceso y lo incorporó a su vigilancia rutinaria de posibles colisiones orbitales, pero ni el número exacto de fragmentos ni la causa han trascendido públicamente. El Instituto Nacional de Astrofísica italiano (INAF) fue de los primeros en registrar el evento, mientras que Space-Track, la base de datos oficial de rastreo orbital, todavía no ha publicado un recuento detallado.
El lugar donde ocurrió la fragmentación no es cualquier rincón del espacio: se trata de una región con más de 200 satélites activos a menos de 50 kilómetros de esa altitud, y que además ya acumulaba escombros de la famosa colisión de 2009 entre un satélite estadounidense Iridium y uno ruso Kosmos. La baja densidad atmosférica a esa altura hace que el frenado aerodinámico sea lento, por lo que algunos de los fragmentos más pequeños —paradójicamente los más peligrosos, por ser casi imposibles de rastrear desde tierra pero con energía suficiente para perforar el casco de una nave— podrían tardar años en reentrar y desintegrarse. Aunque la ISS y la estación china Tiangong orbitan a menor altitud, no se descarta que con el tiempo algunos restos desciendan hasta su rango y obliguen a realizar maniobras evasivas.
Entre las hipótesis que manejan los expertos destacan las clásicas causas de fragmentación satelital: baterías degradadas que sufren cortocircuitos o sobrecalentamiento, combustible residual que podría haber generado una explosión, gases a presión acumulados durante décadas y el desgaste térmico tras miles de ciclos de calor y frío en el vacío. Medios especializados como Spaceweather.com apuntan como sospechoso principal al propio material que un satélite de casi 40 años conserva a bordo, como propelente y baterías nunca pasivadas correctamente, ya que estas prácticas de seguridad al final de la vida útil de un satélite no estaban consolidadas cuando se diseñó Farrah III a finales de los años 80. Aunque todavía no se descarta oficialmente el impacto de un meteoroide o incluso de un arma antisatélite, no existe ninguna prueba que respalde esta última teoría.
Para la comunidad geek y aficionada al espacio, este suceso es un recordatorio inquietante de que la órbita baja terrestre se está convirtendo en un campo minado silencioso, lleno de reliquias de la Guerra Fría que podrían seguir explotando sin previo aviso. Reconstruir la causa exacta de la ruptura podría llevar meses o incluso años de análisis de trayectorias, pero mientras tanto cada nuevo fragmento obliga a redoblar la vigilancia de quienes gestionan el tráfico orbital, en un contexto donde cada vez más países —y empresas privadas— compiten por poner satélites en el cielo.

